
Foto: Atardecer en la playa de Oliva (Valencia)
Autora: Irene Redondo Vielva
Crecíamos
al filo de la luz y las caricias
de los interminables e íntimos veranos
de adolescente magia;
ajenos al azul, oscuro, siempre oscuro,
de un punitivo cielo.
Al brusco rubicón de carne viva
servida en hierba fresca como lecho
de amor y calentura.
Al mundo alrededor de nuestro mundo
pretérito imperfecto e inaudible
para tímpanos célibes,
tan absortos en risas,
tan ajenos.
Y en suplicio de libros nos mirábamos
los ojos cada tarde,
por refugio de manos irisadas
que escribían la piel de abecedarios
y un corazón al margen, siempre al margen,
de la página gris de nuestras vidas.
Aprendimos a ser lluvia en agosto,
nieve en dudas de abril
sol en diciembre,
brisa en tifón de calma y soledades.
Allí cedió tu puerto al desembarco
de mi inercia de fuego y amapolas
que usurparon tus bragas de domingo,
piel morena de encaje;
y abrazamos la sed que tan sedientos
nos alquiló la vida cuando apenas
sabíamos beber
besos a morro…,
y te hiciste mujer
y yo poeta.
al filo de la luz y las caricias
de los interminables e íntimos veranos
de adolescente magia;
ajenos al azul, oscuro, siempre oscuro,
de un punitivo cielo.
Al brusco rubicón de carne viva
servida en hierba fresca como lecho
de amor y calentura.
Al mundo alrededor de nuestro mundo
pretérito imperfecto e inaudible
para tímpanos célibes,
tan absortos en risas,
tan ajenos.
Y en suplicio de libros nos mirábamos
los ojos cada tarde,
por refugio de manos irisadas
que escribían la piel de abecedarios
y un corazón al margen, siempre al margen,
de la página gris de nuestras vidas.
Aprendimos a ser lluvia en agosto,
nieve en dudas de abril
sol en diciembre,
brisa en tifón de calma y soledades.
Allí cedió tu puerto al desembarco
de mi inercia de fuego y amapolas
que usurparon tus bragas de domingo,
piel morena de encaje;
y abrazamos la sed que tan sedientos
nos alquiló la vida cuando apenas
sabíamos beber
besos a morro…,
y te hiciste mujer
y yo poeta.