
(Foto: Santiago Redondo Vega)
Tuvo tiempo mi boca de humanizar tu calle
con esa ingenuidad con que se mienten los hombres por la noche
cuando ignoran que, a oscuras, les nublan las estrellas
sus endiosados brillos.
Y hablar de amor, de amar,
de inmiscuirme con palabras cercanas
en inercias sonoras y cómplices mitades
de esas musas que tienen por costumbre
cenar sándwich de pollo.
Y vestirte los labios de un poema de prosa
con pijama de eneldo,
y abastecer de versos el buffet insolvente
del hotel de la vida donde acuden
-siempre en media pensión y por sorpresa-
tu prudencia y mis hombros para darnos
cobertura de ketchup.
Y habilitar la arena de un sofá de caricias,
hasta hacerle helipuerto del menú de tus ingles vertebradas
-proverbial plato único-
de tus cinco platónicos sentidos
con silencios de nata.
Y beberte infusiones logarítmicas
neperianas de adelfas,
como papel continuo,
como logia pictórica y prosaica
de secretos etílicos por tu esbelta cintura de cebolla.
Abiertamente, sí,
abiertamente, comer la noche dulce,
hablar de lo que llueve por marzo cuando escampa,
del cociente abisal con que les ríen
a las ninfas los pechos,
de lo alto que erizan sus pezones
los poemas explícitos,
de lo lejos que sueñan las gaviotas
cuando acercan mi boca migratoria a tu esquivo occidente.
Pero reptan tus uñas como garzas hiriéndome los sueños,
y se llenan mis brazos de tus iras de humanos petroglifos,
y hasta el alba me rompes la costumbre del cierzo de tu ojos,
de tu boca en mi boca;
y se enfría mi cena en la cubierta de tu monte de Venus.