Ayer, madre, fue cinco de febrero
de un gélido y prosaico dos mil nueve
de jueves anodinos, hasta el rayo
que te anegó de paz y muerte el rostro
y perpetró la inercia de tus párpados
con su lacre de frío y mansedumbre.
Ayer, madre, la vida
echó pie a tierra en ti, como quien entra
descalzo en el azul de un cielo oblongo.
Ayer, madre, enterré
tu cuerpo apenas, con alma mineral
y amor ingrávido.
Ayer, madre, cumplí por ti mi parte
y te deposité marmórea y huérfana
en ese secular caimán de epílogos
donde descansa en paz el tiempo siempre.
¡Qué duro es el oficio de ser hijo
cuando toca enmendar niebla en tu abrazo!
Me duelen todavía de injusticia
los ojos por la deuda que mantengo:
tú me acunaste en sábanas de vida
y yo te arropo en lágrimas de muerte.
No tengo más que darte que mi luto
la savia de mi piel, carne en tu nombre,
el adiós de estos versos como lápida
y mis labios en cruz frente a tu olvido.



