domingo, 17 de abril de 2011

FLASHBACK

Desayunaba el verde del paisaje sobre el azul ingenuo de aquellos ojos niños.  El traqueteo del tren adelantaba casas, árboles y postes de la luz, azuzando la emoción de Quique que aplastaba su cara contra la ventanilla sepia del viejo secundario, hasta que un brusco cambio de agujas le propició un sonoro coscorrón. El vagón entero enmudeció un instante por el agudo quejido del muchacho, humanizándose después sobre una estruendosa carcajada. Enrique volvió en sí, dolorido, se ajustó la corbata, consultó el móvil, encendió el portátil y continuó en AVE hacia Madrid cuarenta años después de aquel recuerdo.

martes, 5 de abril de 2011

SENTADO SOBRE LA TARDE


Foto: Santiago Redondo Vega

Dije
querer sentar mis ojos
sobre el respaldo de la tarde fucsia
a ver pasar el tiempo; y me mentí,
me engañó la soberbia.
No era el tiempo, era yo,
quien discurría incauto a su través
mientras cruzaba sin pena ni gloria por la vida.
Escarmentado
he decidido no volver jamás
a sentarme en el quicio de lo ilógico.
Lo malo es que ahora soy
quizá un poco más sabio,
pero seguro
que más viejo y soberbio que hace apenas diez versos.

sábado, 22 de enero de 2011

REO DE SER..., HUMANO


Un instante y a solas, escenario ficticio para descender con la mirada hacia los bajíos de lo inconveniente. Detenernos sin prisa en la descarnada ebriedad de una interrogante. ¿Qué? Sentirnos, sentarnos, sentenciarnos en qué somos hoy, en qué soñábamos ser, en qué nos hemos convertido por causa o a pesar de muestra humana insolencia. Y es la misma conciencia –si logra demudarse de ego- quien se sincera y contesta: En lo individual en más viejos, en lo plural en más legos, en lo social en más cínicos, en lo cósmico en más ínfimos, en lo insustancial en más grávidos y en lo trascendental…, en más necios. Allá cada quien con sus piadosas mentiras. Yo -para qué mirar más lejos- de esta ominosa culpa acabo de declararme reo.

lunes, 6 de diciembre de 2010

DESEO

El deseo es verano de un crepúsculo malva
sobre un mar imperfecto de miradas furtivas,
es la tarde en un puerto de un levante de costa,
veraneante de pulsos, alquimista de soles.

Late el mar en la noche de mil vidas que bailan
en neones hirientes que bautizan afectos
y descubren al aire las espaldas que gimen
irisando a la luna su abrasada epidermis.

Allí estuvo mi sombra con un trago en la mano
y en añil coincidencia se topó con la tuya;
ni el idioma es barrera cuando se hablan los ojos
y se miran los labios y se atraen los cuerpos.

Se nos fueron cerrando los casinos de golpe
a medida que huyeron nuestras manos de azares
y nos fuimos abriendo cremalleras con prisa
y tu pecho y mi torso, piel a piel, se miraron.

La certeza de hablarle a unos labios que callan
el deseo imprudente que palpita en la carne
se delata en el tacto que las ingles no mienten
porque ignoran las reglas del más tenue decoro.

Y volvieron las copas que horas antes huyeron
por las calles nerviosas de tu boca y la mía,
y con ellas trajeron derribadas barreras,
deshojados prejuicios, inservibles morales.

Y la arena impaciente que abrazó nuestras ansias,
acunó tus caderas, descarnó mis rodillas,
todavía me inquiere por tus áureos cabellos
aunque un mar de resaca nos borrara los nombres.

sábado, 25 de septiembre de 2010

NO EXISTE EL TIEMPO

Foto: Keystone / Alessandro Della Bella

El hombre es el único animal obcecado en dibujarle piel al calendario, para su deleite o para su desgracia. Nos empeñamos en marcarnos metas, en milimetrar un tiempo rectilíneo o curvo -quién lo sabe- con unidades de medida ilógica, porque el tiempo no existe salvo en nuestro consciente subjetivo. Medirlo todo, pautarlo todo, cuantificarlo todo en una especie de ansia por saber en qué momento de nuestra vida estamos, qué o cuánto hemos dejado de hacer o de vivir para asumirlo como tarea pendiente en nuestro próximo dispendio de arrogancia. La vida transcurre sin medida, noche a noche, abúlica, lineal o a bocajarro, amándonos, odiándonos, ignorándonos, arrepentida de nosotros, o mirándonos de lejos y –a veces, las menos- hasta deteniéndose a sonreírnos con una mueca de conmiseración lumínica.
Pasamos en un instante, un solo instante –qué medida tan abstracta para los impenitentes geógrafos del cronos- del verano al otoño, casi sin querer, sin desearlo, sin percibirlo. Hace ese instante era verano, ahora, tan solo un instante después, decimos que es otoño, y nuestros biorritmos sin tiempo para cambiar un ápice. Nuestra mente sí, nuestra mente es otra, mi mente es otra.
Ayer, casi ayer mismo, mi imaginación jugueteaba con playas de arena dulce y agua deslenguada; paisajes de cortados agrestes y pantalón corto, sombrillas, chiringuitos, barbacoas, hogueras… Ahora sin embargo, ahora mismo, ya me está pidiendo unos gramos más de parsimonia, de melancólica pereza ante ese previsible primer rocío que me amanezca los ojos, de detenerme a observar el itinerario impreciso de una gota de lluvia en los cristales, de solidarizarme con el ocre previsible de los árboles, con la gabardina veleidosa y triste, con la impertinente letanía del paraguas. Otoño clásico: nubes, viento, lluvia, atardecer, melancolía.

Afuera de nosotros, la calle, el campo, el cielo, las palabras, ya se están empezando a poner pijama y a abrigarse con manta la intención concienzuda de los sueños.

¿Y todo para qué? Acaso para nada, porque el tiempo, el tiempo –desde un otoño más y van ….- el tiempo es que no existe, somos nosotros quienes nos empeñamos en cumplir años, en envejecer, en hacernos tiempo, desde esa mirada insomne que nos inventa intemporales a nuestros ojos cínicos.

sábado, 18 de septiembre de 2010

RECUERDOS

Foto: Santiago Redondo Vega

Supimos que el silencio era un paisaje
de niebla y decepciones
anclado a la obviedad premiosa de los ojos
al decirnos la piel adiós de golpe
y oxidarnos la rabia
de aquéllos mil atrases que en noches de solsticio
endulzaron de herrumbre tu boca y mis abrazos.

Cadenas, libertad...,
eslabones con dientes que se cuelgan del cuello de los días
y alientan, desde el nunca y para siempre,
la mitad del dolor con que dolernos tanto.

Dos mitades de un sueño a contraluz
de naranjas y enebros
engarzado en acero de palabras
que ahora engulle -sobre una playa extinta- la irremediable química del óxido.

sábado, 7 de agosto de 2010

POESÍA

Foto: Irene Redondo Vielva

Navega mi poema entre tus labios
o en mansas torrenteras por tus senos;
los versos no son nada sin la boca
que los declame -voz- o los silencie.

Siente mis letras, ven, prende este espacio,
envuelve de mis versos tu mador,
escúchate por dentro y di poesía.

Y al cabo de leer sabrás bien alto
si desde el verso a ti median dos mares.

Cuando me digas voy, te iré en silencio.

Del poemario "Natuleza viva".